Sobre una saga de fotógrafos: los Ibáñez.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

DESNUDAS

Retomamos la actividad con la buena noticia de la colaboración entre “Rostros en el tiempo” y “El Gaviero Ediciones” para editar algunas joyas ocultas en las profundidades del estudio fotográfico.

Se trata de una docena de imágenes especiales que abarcan un amplio periodo de la historia de España, desde los años previos a la Guerra Civil hasta principios de los 80. El fondo fotográfico Ibáñez del estudio madrileño de la calle Montera se compone de varios cientos de miles de negativos clasificados por años y temas. Cuando empezaron los trabajos de conservación y digitalización, se halló, entre objetos personales de los fotógrafos, una pequeña caja de simulada madera, forrada de terciopelo rojo. En su interior descansaba un lote de negativos en formatos y soportes diversos (vidrio y acetato), de épocas y tonos bien diferentes, pero todos ellos con un motivo común: mujeres desnudas.

Desconocemos las vicisitudes de las modelos y de sus obras, ojalá podamos averiguarlas poco a poco. El estado de conservación de los negativos quizás sea la metáfora de aquellas dificultades y miedos que atenazaron a generaciones de españolas, por ello se ha decidido mostrar los desperfectos del soporte tal y como ha llegado hasta nosotros.  El celoso trabajo de Vicente Ibáñez Navarro y de su hijo Juan María Ibáñez se reproduce acompañado de textos publicados por El Gaviero en una tirada limitada de 300 ejemplares.

Calendario 2014: Lencería fina Ibáñez
PVP: 14 €

Portada del calendario Lencería fina Ibáñez.
Edición: El Gaviero Ediciones y A.C. Rostros en el Tiempo
Impresión: Artes Gráficas M-3 (Almería)
La mujer republicana, observada a través del ojo de buey, aparece en otra postura en la hoja correspondiente al mes de enero.
Autor: Vicente Ibáñez Navarro. Años 30. Madrid.
Torera
(Imagen correspondiente al mes de Marzo)
Autor: Vicente Ibáñez Navarro. Años 40. Madrid.
Posiblemente se trate del estudio de la calle Fuencarral, previo al de la calle Montera.


Para realizar pedidos de Calendario 2014: Lencería fina Ibáñez, puede contactar en el correo de este blog o en la página de la editorial: www.elgaviero.com

jueves, 7 de marzo de 2013

Para que nunca olvides...


Ramón Jordán, a lo Harry Houdini. Autor: Alejandro Ibáñez Abad. Hellín, hacia 1900. (Colección José Ramón Sáez).

Ramón Jordán García (Hellín, 1892 – 1930) se marchó definitivamente por culpa de una pulmonía que se pilló en un viaje a Madrid cuando tenía 38 años. Se había casado con la chica de sus sueños, aquélla a quien primero mostraba sus trucos de magia, Consuelo Sánchez Córcoles. Ambos continuaron con la tradición familiar del comercio y pusieron una tienda en su propia casa, en la esquina de la Portalí con la calle Cassola. Allí vendieron comestibles hasta que Consuelo enviudó y transformó el espacio en un taller de costura.

Ramón y Consuelo hicieron famosos sus artículos, así, Echaide o el Fotico o Gabriel Ibáñez, que casualmente era hijo del fotógrafo que retrató a Ramón el día de su primera comunión con levita, bombín y bastón, le dedicó esta especie de serventesio en el semanario ¡Adelante! del 9 de julio de 1927: Por la noche te compras una cuarta / de garbanzos en casa de Jordán, / que entran muchos más que en una octava, / y a cuarenta no llegan los que dan.


La tienda de los Jordán, al fondo, con el cortinaje plegado sobre ambas puertas. Plaza de la Puerta de Alí. Autor: Luis Redondo. Conocida imagen publicada en El ojo del tiempo. Fotografía antigua en Hellín, p. 49, por los Servicios Culturales del Ayuntamiento de Hellín, en 1998. Se indica que fue tomada hacia 1910-20 (Cortesía de José Ramón Sáez). ¿Escucha el burro / el caño en la peana / o sólo tira?

Ramón era hijo de Antonio Jordán Romero (1858-1940) y Carmen García Tébar (1868-1920). En 1953, Juan Fajardo o el Peteneras, como quieran, que había sido amigo del Fotico, publicó en el número 5 de la revista Macanaz un texto titulado “Mi Viernes Santo”, donde podía leerse esta referencia al padre de Ramón: Fue tradicional costumbre, hasta casi nuestros días, que la Santa Cruz, guía de las procesiones, hiciera su subida al Calvario llevada a hombros de cuatro hampones, ancianos y desgraciados, que por muchos años, capitaneó un viejo mercader llamado Antón Jordán, el cual mercader, tenía acostumbrada a estas pobres gentes a consumir una arroba de vino del mejor que “se pisaba” en la plaza, y terminaban la carrera dedicando sus más cómicas y fervorosas saetas, mientras “zarandeaban” el paso, al que no seguía ningún nazareno, por componerse la cofradía de estos cuatro o seis desgraciados, que formaban sin túnicas, pero investidos de buena fe.

Lo que no dice el bueno de Peteneras es que la desgracia que acarreaba Antón, el viejo mercader, no era la pesada cruz, sino la putada tremenda de ver morir a su pequeño Houdini una víspera de San Juan. Aquel 23 de junio del 30 Ramón no pudo con las cadenas, esposas y grilletes que lo atenazaban. Apenas un par de años antes se había hecho cargo de la carpintería funeraria de sus tíos Eusebio Uríos Tomás y Concha García Tébar por fallecimiento del primero. Su tía Concha era la madrina de su hermana Antonia y no podía dejarla sola, pero además siempre había admirado la inquietud de sus tíos con U. Eusebio Uríos y Ulpiano Jordán. Los dos estuvieron en la Junta Municipal de Asociados durante el bienio 1893-94 y siempre andaban quejándose de lo mal que estaba el Coliseo. Precisamente en las ruinas de aquel gigantesco teatro soñó el pequeño Ramón los primeros aplausos para sus increíbles números. A veces se colaba también en el Principal con el barbudo Alejandro Ibáñez y sus nietas. En penumbra asistían encantados los niños a los prodigios de aquel fotógrafo loco.

A los 23, Ramón se encuentra en Cartagena cumpliendo con sus obligaciones militares. Es 1916 y está muy enamorado de su novia. Las redes sociales de entonces se llamaban fotografía, postal y correo. Lo único que ha cambiado es que ahora escribimos peor.

 Ramón Jordán con el uniforme de quinto. Autor desconocido. Cartagena, 1916. Formato postal. (Colección José Ramón Sáez). Dorso manuscrito: A mi querida Consuelo le dedico este recuerdo, para que nunca olvides, cuando su... fue quinto. Tuyo siempre. Ramón. Cartagena, 24/11/1916.

Consuelo Sánchez esperando. Autor desconocido. Hellín, 1916. Formato postal. (Colección José Ramón Sáez). Dorso manuscrito: Te dedica este retrato en prueba del muchísimo cariño que te profesa tu Consuelo.

¿Qué palabra poner en esos puntos suspensivos que indican cierta censura o pudor? ¿Para que no olvides a tu novio? ¿Para que no olvides tu amor? ¿Para que no olvides tu vida? ¿Qué palabras poner en los huecos? ¿Aún escuchas o sólo tiras? Tal vez no haya que empeñarse tanto. Los magos y sus trucos escapan a las leyes, y nos dejan colgados de nuestra propia ilusión, como si aquellos fuegos artificiales sobre la nieve fueran lo único. Alehop!!

Dedicado a José Ramón Sáez Jordán.

domingo, 24 de febrero de 2013

Onírica

Saleta proyectando la boda de su hermana. Autores: Juan Ibáñez Abad y su hija Saleta Ibáñez Navarro. Yecla (Murcia), 1914. Fotomontaje. Positivo sobre paspartú sin membrete. (Colección Juan Giménez Ibáñez).


Saleta quería mucho a su hermana pequeña. Eran hijas de diferentes madres, pero eso no importaba. Saleta no pudo tener niños, así que cuidó de su hermana como si fuera su hija. De hecho se la llevó a Madrid en los primeros años del recién inaugurado siglo XX, cuando la Casa de la Moneda fichó a su marido, Antonio Belda. Tocaban juntas el piano y ponían posturitas en el pequeño escenario imaginando la ovación del público o que las saludaban desde un tren en marcha. Saleta enseñó a su hermana el secreto de las poses, la magia de retocar el vidrio, le enseñó a esperar y esperar..., una espera necesaria para que la imagen captara ese momento congelado y emocionante que haría subir las lágrimas un siglo después como si se tratara de un sortilegio. Sí, Saleta, como tantas otras mujeres, se especializó en esperar.

Aquí Saleta imagina literalmente, crea una imagen: su querida Asunción casándose algún día con Juan Giménez, su novio. Saleta sonríe porque sonríe Asun –se puede leer al revés–. Ambas felices, la mayor con casi 40 –iba a escribir “frisaba los cuarenta”, pero me ha dado no sé qué–, la menor con veintipocos. La veía claramente arrastrando un largo velo, pero al mismo tiempo elegante y moderna. ¿Llegaría esto algún día a producirse? ¿Es tan poderosa nuestra imaginación como para transformar la realidad, impregnar con destellos de luz la vida de las personas que amamos? ¿O simplemente fabricamos un trampantojo sobre el foro de nuestros deseos?

Todos los implicados en esta fotografía onírica, Juan Ibáñez Abad, sus hijas Saleta y Asunción, y su yerno Juan Giménez, conocieron a un señor alto y bohemio que se llamaba Blas Candela. Llegaba de madrugada al estudio y hacía verdaderas virguerías con los negativos. Juan, Saleta y Asun eran buenos retocadores, pero Blas era un manitas, la técnica del collage, tan denostada por los puritanos, coser y cantar para él. –Lo mismo te hacía un traje que una foto –me cuenta su nieto. No sabemos si en la época de esta foto, Blas ya andaba por Niño 52, pero trabajos como éste serían muy de su gusto. Lo que no imaginaba ninguno de ellos es que los hijos de Blas serían retocadores en los gabinetes Ibáñez de Montera y Atocha, y mucho menos que un nieto, también llamado Blas Candela fuera retocador del fotógrafo de las estrellas en Gran Vía 70. Dos sagas paralelas se funden a lo largo de tres generaciones, fotógrafos y retocadores, Ibáñez y Candela, imaginación y belleza.

Asunción y Juan el día de su boda. Autor: Juan Ibáñez Abad. Yecla, 1914. Membrete: J. Ibáñez. Niño, 52. Yecla. (Colección Juan Giménez Ibáñez).

Fotografiar los sueños y que éstos se hagan realidad, como un filtro dorado que nos salve, yo estaría todo el día disparando!


Dedicado a Juan y Amparo Giménez Ibáñez, a Blas Candela e Isabel Martínez, y a todas las mujeres que dejaron de esperar.


viernes, 4 de enero de 2013

GRÉTEL


[Rafaela y la bruja. Autor: Alejandro Ibáñez Abad. Hellín, hacia 1905. Formato postal, fondo perdido. Archivo Miguel Tomás.]

Este divertido montaje en el que Rafaela Tomás Ibáñez se desdobla en niña y anciana bien podría entenderse como una metáfora del transcurso de una vida, la pequeña observa su futuro de anciana miope y mellada. Pero conocemos la historia de esta foto: el libro que causa la risotada de la falsa vieja es una selección de cuentos de los hermanos Grimm. Ya saben, los chavales se habían puesto tibios de chocolate y la bruja se relamía pensando en sus tiernos mofletes. No imaginaba ella la fuerza de esta niña! Volcó Grétel su delantal, y todas las perlas y piedras preciosas saltaron por el suelo...

Para Leticia, Álvaro y Grétel, en este 4 de enero al que habéis cambiado el color.

domingo, 23 de diciembre de 2012

DANDI



Con estas noticias puedes enfadarte o quedarte mirando...




Pero no dejes nunca de escribir!


[Fantasía de un dandi. Autor y modelo: Juan Giménez Torregrosa, en colaboración con su mujer Asunción Ibáñez Martínez. Yecla, hacia 1920. Fotomontaje, formato postal. (Colección Juan Giménez Ibáñez).]

Juan y Asunción se casaron en 1914 y tuvieron tres hijos: Ramón, Juan Antonio y Amparo. Juan Giménez Torregrosa fue fotógrafo profesional durante unos pocos años, desde que se retira su suegro Juan Ibáñez Abad, a finales de los años 20, hasta mediados de los años 30. De él y de Asunción aprende este oficio que compagina con otros muchos. Su principal aportación al estudio de la calle Niño 52 fue su visión comercial y la modernización que supuso contratar a un magnífico retocador: Candela. Este bohemio de Yecla era capaz de realizar montajes tan curiosos como el de estas dos postales.

En la primera de ellas Juan lee El Liberal de Murcia, pero se hastía y arruga el periódico ya convertido en hojas impresas. En la segunda, escribe una carta, pluma, tintero y lacre. La pluma acaba en su oreja, la carta no sabemos. El mensaje que Juan quiere transmitirnos con esta serie se presta a múltiples interpretaciones. Nosotros hemos propuesto dos pies o lemas seguramente poco originales, así que esperamos recibir alguna sugerencia más adecuada de los lectores de este blog.  Queda claro que Juan Giménez Torregrosa tenía mucho humor y mucho estilo, propios de un dandi de los felices años 20, y es que con alegría todo se lleva mejor.

Dedicado a Ramón, Juan y Amparo..., y también a todos los que utilizáis el periódico para envolver las acelgas.


lunes, 3 de diciembre de 2012

El secreto de Federico Motos


[Retrato de Federico Motos Fernández (1865-1931). Autor: Alejandro Ibáñez Abad. Chinchilla, hacia 1890Carte-de-visite: 10,1 x 6,1 cm. Biblioteca Virtual de la Real Academia Nacional de Farmacia. Número de control: RANFE20110006280. La fotografía está pegada al revés sobre el cartón, velando parcialmente el membrete: Alejandro Ibáñez, fotógrafo y pintor. Dorso: Gabinete fotográfico A. Ybáñez. Hellín. Casa fabricante de las tarjetas: Lohr y Morejón, Madrid. Esta casa de productos fotográficos ayuda a la datación, aunque Manuel Carrero la ubica en 1890 (Historia de la industria fotográfica, CCG ediciones, 2001, p. 46), hemos encontrado referencias en los Anuarios Comerciales desde 1885, por lo que fechar el retrato a partir de entonces sería posible. Sobrescrito con tinta azul: D. Federico Motos = Chinchilla.]

Manuel Sagredo nos envía el enlace de esta curiosa fotografía: Federico Motos veinteañero. Las anotaciones manuscritas al dorso son raras, así que aprovechamos para tirar del hilo. ¿Qué hacían Federico y Alejandro en Chinchilla, si el primero era de Vélez Blanco y el segundo de Hellín?

Federico Motos, farmacéutico y pionero de la arqueología española, natural de Vélez Blanco (Almería), termina los estudios de doctorado de Farmacia en 1886 en la Universidad Central de Madrid, según consta en su expediente académico (UNIVERSIDADES, 1115, Exp. 64) conservado en el Archivo Histórico Nacional. En 1890, con 24 años, se casa con Caridad Torrecillas, e instala su residencia y su propia farmacia en Vélez Blanco. En este pueblo almeriense vivirá desde entonces, aunque las expediciones arqueológicas y las temporadas lejos su casa serán habituales. Al parecer, desde 1886 y hasta su boda en 1890, distribuye el tiempo entre Madrid, Granada y Vélez Blanco (Martínez, Cándida y Muñoz, Francisco, Federico Motos. Historia y arqueología del sureste peninsular en los inicios del siglo XX, Universidad de Granada, p. 38), pero el dorso de la foto sugiere algo más. En el libro citado (p. 25) encontramos la pista: Demetrio Motos, padre de Federico, fue juez de Primera Instancia en varias poblaciones, entre ellas Chinchilla.

Para acotar las fechas buscamos el nombramiento chinchillano de Demetrio:
MINISTERIO DE GRACIA Y JUSTICIA
Resoluciones adoptadas respecto al personal de Jueces de Primera Instancia en las fechas que se expresan.
26 Febrero de 1887. Nombrado en el turno 3º de dichas disposiciones para el de Chinchilla, de entrada, vacante por defunción de D. Federico Castelló, a Don Demetrio Motos y García, abogado de los Tribunales que reúne las condiciones exigidas para su ingreso en la carrera.
Méritos y servicios de D. Demetrio Motos y García.
Se le expidió el título de Licenciado en Derecho civil y canónico en 31 de julio de 1862, habiendo ejercido la profesión en Vélez Blanco durante más de nueve años pagando cuota de contribución.
Ha sido Juez municipal de Vélez Blanco, y desempeñó el cargo de Oficial segundo de la Comisión de examen de cuentas de la provincia de Almería. (Gaceta de Madrid, 84, de 25/03/1887, p. 954).

Y también su traslado:
El Juez de Totana, Sr. López Cardona ha sido trasladado a Fonsagrada (Lugo), nombrando para ocupar su vacante a D. Demetrio Motos y García, que desempeñaba el Juzgado de Chinchilla. (Las Provincias de Levante, 22/04/1893, p. 3).

Por tanto el juez Demetrio, padre de Federico Motos, vivió en Chinchilla (Albacete) desde el 26/02/1887 hasta el 22/04/1893. Su hijo, no sólo lo visitaría en estas fechas, sino que pasaría temporadas con él, y en una de éstas Alejandro le haría su retrato de juventud al revés, carente aún de la barba que lucirá Federico en las imágenes que hasta hoy se habían publicado. Sí, en cualquiera de estas fechas pudieron coincidir, por eso la datación en 1890 de la Biblioteca de la RANFE es bastante certera. Pero elijan ustedes, mirando la posible edad del retratado en sus ojos y facciones, qué edad podría tener dentro de un período que va desde los 22 a los 28 años, y así darán con su fecha exacta. Alejandro Ibáñez, con treinta y tantos, todavía tenía ganas y fuerzas para estas expediciones fotográficas que lo hacían viajar por toda la provincia.

En aquel entonces Federico Motos ya se interesaba por la arqueología, así que le preguntó a Alejandro qué había por la zona de Hellín. El fotógrafo le habló de un cerro donde brotaban santos antiguos y cabezas de mármol en un paraje que llamaban Minateda, y le explicó que muy cerca también había un refugio en una ladera con paredes sorprendentes. Si se friccionaban con un poco de agua, emergían figuras que no parecían de este mundo. Él iba allí de excursión con sus hijos y los asustaba sacando al hombre fósil de la piedra mientras susurraba conjuros en latín. Había hecho fotos donde se podían apreciar, pero las tenía en su estudio de la calle Osarios.

Durante años guardó el farmacéutico la información de Alejandro, hasta que...
(Ver p. 33 y ss).

Y el hallazgo no tardó en ser procesado por el ámbito académico:
Sin remontarnos a las noticias que podemos considerar históricas, y sólo por aportar algunos hitos señalados, la historia de la investigación comienza con los trabajos del equipo de Henri Breuil, quien encarga diversos trabajos a Federico Motos para el estudio de las pinturas rupestres en el sureste. De esta amplia zona se estudia Hellín y se lleva a cabo el descubrimiento del conjunto de Minateda en 1914 (Breuil, 1920) por parte de Pedro Flores, un prospector a sueldo de Federico Motos (Ripoll perelló, 1988). Este hecho motiva la realización de una campaña en 1915 con el estudio de las pinturas, la excavación de la necrópolis ibérica del bancal del Estanco Viejo (su revisión en López Precioso y Sala Sellés, 1988) y el primer estudio riguroso que se publica en 1946 (Breuil y Lantier). (En López Precioso, Francisco Javier, “La investigación arqueológica en el Campo de Hellín. Valoración de un modelo de estudio”, en Arqueología de Castilla La Mancha, Universidad de Castilla La Mancha, 2007).


[Minateda, 1927/1928. A la izquierda, la ciencia, el arqueólogo Hugo Obermaier, con traje oscuro y paraguas. En el centro, el poder, con mano napoleónica, el alcalde de Hellín Juan Martínez Parras, y a su lado el duque de Alba, apoyado en su bastón. A la derecha, el dinero y las tierras, el clan de los Campaña, dueños de la Nava. Esta imagen apareció en el libro sobre el Colegio Martínez Parras, de Pedro Jesús Blázquez, p. 20, aunque en el pie de foto se omitía la presencia del noble. En cuanto a la fecha, se indica en dicha publicación 1927, pero a la luz de las siguientes referencias, parece más bien que esta foto pudo tomarse en 1928, posiblemente en primavera.]

Precisamente científicos y académicos se pusieron manos a la obra cuando se dispararon las alarmas a causa de los daños sufridos en la cueva. Quienes pusieron el grito en el cielo fueron Joaquín Sánchez Jiménez y Pedro Novo Colson en la sesión de 17 de febrero de 1928 de la Real Academia de la Historia. Al margen de la papeleta de protesta, el secretario escribió: Darles gracias y esperamos noticias para proceder en conveniencia. En la sesión de 02/03/1928, Joaquín Sánchez Jiménez insiste con otra carta en varios de los daños sufridos y sus causas, en la Cueva mayor de las de Minateda, que es lo que hasta ahora ha podido examinar. Ante el cariz que estaba tomando la cosa, se decide derivar el asunto a Hugo Obermaier. El celo de Joaquín Sánchez Jiménez le valdrá la confianza de la Comisión Provincial de Monumentos y de la RAH para informar sobre nuevos descubrimientos en el Tolmo de Minateda a partir de 1930, pero sobre todo le valdrá al alcalde de Hellín, Juan Martínez Parras, un buen tirón de orejas por tener tan descuidadas las pinturas rupestres del abrigo de Minateda. Obermaier, que se las sabía todas, y conocía los contactos de Martínez Parras en Madrid, implicó al mismísimo duque de Alba, presidente de la RAH, en la defensa del abrigo, y en Hellín se plantaron ambos a cantar las cuarenta a más de uno. (Obsérvese el gesto de los retratados, para entender la situación). Evidentemente, la historia llegó a la prensa, así ocurría el 12/11/1928 en La Voz, de Madrid, (página 9):


Y un par de años después:
De esto se ocupó a tiempo la Comisión provincial de Monumentos, pero no fueron bastantes los esfuerzos que realiza para impedir la destrucción de esta importante riqueza arqueológica que va perdiéndose a medida que aparece, y que. sin embargo, constituye una interesante estación, muy visitada por las Comisiones científicas de todos los países.
Ya en 6 de febrero de 1928 se hicieron gestiones cerca de la Real Academia de la Historia para que ésta se incautara del valioso vestigio antes de que fuese destruido absurdamente, gestión que dio lugar a una visita hecha por el duque de Alba y el profesor Obermaier, y a un principio de encauzamiento de cosas para su conservación.
Con laudable intención se interpuso el Ayuntamiento, asumiendo el cuidado del abrigo, y en tal sentido actuó, comprando los terrenos en que se encuentra enclavado. Pero esto no es bastante. Apelamos al propio testimonio del duque de Alba, que de propia ciencia conoce la valía y significación de estas pinturas, para las que invocamos la conveniencia de que pasen a la jurisdicción del Estado, a los fines de su custodia adecuada, como monumento de investigación científica y curiosidad y enseñanza del turismo. (Manuel Oñate Soler, en El imparcial, 06/04/1930, p. 6).

Y es que la actual obsesión por vallar el campo y por ocultar la cultura a nuestra mirada tampoco tiene sentido. Los gestores de hoy se dedican a crear espacios muertos, “protegidos” dicen ellos; invirtiendo en la fachada, pero esta fachada se agrieta si no hay personal cualificado que la mantenga ni visitantes que le den pulso. Poco antes de la Guerra Civil, Carmen Tomás Espinosa, biznieta del fotógrafo Alejandro Ibáñez, una niña de apenas seis años, trepaba por la ladera con un trapo y un bote lleno de agua. Siempre restregaba la figura que más le gustaba: una madre que llevaba de la mano a un niño. Sin saber nada sobre la oxidación de los pigmentos naturales, ni de los deterioros advertidos por los departamentos universitarios de química, Carmen frotaba la roca y presentía. No comprendía el magnetismo que enganchaba su mirada a la de otra niña que vivió hace miles de años y se observó allí pintada, agarrando fuerte la mano de su querida madre, protegidas para siempre en aquel escondite, sin rastro del guarda, en secreto.

Dedicado a Manuel Sagredo, al simpático personal de la Biblioteca de la Diputación Provincial de Almería, y a todos los bibliotecarios y archiveros que realizan su callada e imprescindible labor para conservar nuestra memoria.