Sobre una saga de fotógrafos: los Ibáñez.

domingo, 21 de febrero de 2010

Rafaela Tomás Ibáñez

Retrato de Rafaela Tomás a lo niña bien. Autor: Alejandro Ibáñez Abad. Tarjeta postal: 8,5 x 13,8 cm. Plano entero. Rafaela aparenta seis o siete años, así que la imagen sería de 1905. Sonríe con picardía, pues tanto ella como su abuelo intentan engañar al espectador con este trampantojo. La mano izquierda se apoya en el tosco velador de madera y la mano derecha sujeta un jarrón ¡de mentira! Está pintado sobre el foro. La mirada de la niña resulta decisiva para completar la trampa. (Archivo familiar Miguel Tomás).

Rafaela no soportaba la miseria de las cuevas. A su manera nos instruía sobre la injusticia del mundo: los nenes caían en una casa y vivían, los nenes caían en una cueva y morían. En esos hoyos horadados en un cerro barbudo los padres más asustadizos le rogaban, acariciando la faca, que si la cosa se torcía, salvara a la madre. Y ahí se ponía ella con sus sarmientos cuajados de olivas negras, a rebuscar en el fango de la vida, con paciencia, con hábito y con firmeza, sin escuchar los gritos ni las carreras ni el filo. Cerraba los ojos, rozaba aquella cabecita que no quería abandonar su nirvana, y viajaba al interior de esa otra cueva, la cueva dentro de la cueva, tomaba su mano para hablarle al oído, venga nena, abre los ojos y ven conmigo fuera que te esperan. No, déjame, protestaba la zagala. ¡Sin huesos te voy a dejar! ¡Vamos! Y la sacaba de allí sin más remilgos para que aprendiera a respirar. Luego se dedicaba a la madre: limpieza, cosido e inyección. Guardaba los instrumentos de tortura en su maletín negro para hervirlos al llegar a casa. Y por último anotaba en su agenda día 20, una nena, mientras el padre murmuraba unas palabras inconexas. No hay nada que agradecer, Dios cura, y se marchaba cuesta abajo riéndose por dentro.

Rafaela nació el 24 de octubre de 1899 en la calle Buenavista de Hellín. De su padre, Enrique el Campaña y de su madre Chus correrán ríos de tinta. María, su hermana mayor, tenía ya cinco años, y José María Silvestre Paredes, futuro cuñado, se trasladaba en esos días a Valencia para empezar sus estudios jurídicos. Su abuelo, Alejandro Ibáñez Abad, se hinchó a hacerle fotos porque era una niña muy fotogénica, de ojos inmensos y pícaros, porque era feliz y eso lo captaban las sales de plata, y lo más importante, porque estaba enamorada.

Ella se tronchaba viendo a su abuelo, tan serio y encorvado en su estudio, mancharse la barba de potingues, y posaba para él, muchas veces disfrazada..., que si niña bien, que si muñeca, que si odalisca, y hasta de truhán rapado al cero se conserva una carte-de-visite. Su adolescencia, en cambio, será literal. En 1914, aún quinceañera, lee unas notas apresuradas que le entregan en la boda de su tía Asunción: el amor de su vida abandona Hellín, no puedo quedarme, algún día volveré. En Serbia y en el norte de Francia, las primeras escaramuzas de una tempestad de esquirlas y amputaciones. En diciembre muere su padre. Desaparece un sueldo de perito agrícola y aparecen deudas y necesidades; desparece una época y aparece la guerra; desaparece un corazón y aparecen las tinieblas de la ermita. La mirada de Rafaela se endurece, de áspera corteza se cubren los tiernos miembros que aún bullendo estaban...

Durante unos años, el abuelo fotógrafo colabora en la economía familiar, pero llega el momento en que le muestra a su nieta la fotografía del globo. Ella comprende. Decide hacerse matrona, impresionada por las historias que contaba su madre sobre la desmesura de la muerte con los recién nacidos. Un día de 1928, el conserje de la Facultad de Medicina de Madrid donde realizaba las primeras prácticas con partos reales la busca..., señorita Tomás, le han puesto un telegrama. Rafaela lee ante la mirada inquisitiva de la parturienta y experimenta un déjà-vù: el abuelo se ha ido para siempre. La primera niña que Rafaela trajo a la vida durante aquella práctica universitaria se llamó, por supuesto, Alejandra.



En septiembre de 1929 empieza a trabajar en Hellín. Un nene, una nena..., y así durante cuarenta años. Al acabar la Guerra Civil se procedió a su depuración como empleada municipal, ¿acaso aquellas manos que proporcionaban el primer contacto con el mundo habían sido alguna vez impuras? Y como a su hermana María le habían matado al marido, se fue a vivir con ella al callejón del Cautivo.




Si en 1936 rondaba los 1500 registros, cuántos pudo acumular hasta que se jubiló a principios de los setenta. Sí, hijos con sus madres, miles de hellineros le deben la vida.


Ya anciana, a veces rompía su aspecto duro para bailar con los niños y recordar su disfraz de odalisca. En la penumbra de la cámara flotaban frágiles llamas de mariposas..., ella hacía como que rezaba..., en el lugar de la cruz había un retrato gastado por la memoria y por los besos. Siempre permaneció soltera, esperando sin llorar, mientras apuntaba incansable un nene, una nena, un nene, una nena, pero su amor no se apagó, y ya saben que pertenece a una historia que me gustaría contar.

video

(Agradecemos a Belén Miguel su ayuda).

En la próxima entrada:
ANASTASIO IBÁÑEZ ABAD
–el fotógrafo sin rostro–


sábado, 20 de febrero de 2010

Enmienda 1

Hemos recibido una información que ha confirmado quién es la niña que acompaña a Juan Ibáñez Abad. En efecto, se trata de su hija Asunción. Nos hemos alegrado tanto por esta identificación que inmediatamente nos hemos convertido en detectives salvajes para hurgar en los libros de partidas de Yecla. No hemos tardado mucho en encontrarla en el libro de bautismos correspondiente al año 1891. Nace el 18 de marzo a las 11:00 h. en Niño, 52. Nombre completo: María Asunción Gabriela Josefa Ramona Pascuala Vicenta (!). Su padre: Juan Ibáñez Abad; pero su madre no es Margarita Navarro. ¿Cómo? Aquí pone Asunción Martínez Plaza (?). Vaya, nos tememos lo peor... Vamos a los libros anteriores y encontramos que el 4 de octubre de 1886 Margarita alumbra a dos gemelos: Vicente y Francisca. (El mayor por una hora, Vicente Ibáñez Navarro, será fotógrafo en Yecla, Cieza, Linares y Madrid: calle Montera; la menor por una hora, Francisca Ibáñez Navarro muere a los catorce meses, un triste día de Navidad de 1887). Está claro que algo pasó con la exuberante Margarita entre el nacimiento de los gemelos en octubre de 1886 y mediados de 1890. Solicitamos los libros de defunciones de ese período. Margarita Navarro, consorte de Juan Ibáñez Abad, muere el 10 de octubre de 1886 (seis días después de parir a los gemelos), a los 40 años de edad, en la calle Niño, 52. Tras 16 años de matrimonio, una infección, la típica fiebre puerperal de aquellos tiempos, hizo que Juan llorara de rabia por primera y única vez en su vida. Somos detectives salvajes.

Pero volvamos a Asunción, lo que importa ahora es que ha dejado de ser una desconocida, ese rostro que posaba anónimo en el tiempo tiene ya nombre, tiene ya una historia que aún se prolonga, pues surge un nuevo dato para tirar de la cuerda: Asunción se casó con Juan Giménez Torregrosa el 9 de septiembre de 1914 en Yecla. Y la que era Margarita ya no es Margarita, sino Asunción madre, pues Margarita llevaba enterrada catorce años cuando se reveló la foto que encabezaba la entrada anterior. Tachamos y corregimos, cambiamos la historia de quienes no tienen Historia y nos quedamos pensando en estas imágenes que nos engañan y nos muestran datos falsos o equívocos o inexactos. Presentimos que la historia se sustenta sobre pies de barro y garabatos distraídos. Y al pensar en todos esos rostros perdidos en la otra cara del tiempo, la negra espalda de Javier Marías, nos sobreviene una sensación incómoda de vértigo.

Este blog empieza a funcionar: Teresa Ibáñez Losada, descendiente de Juan Ibáñez Abad, ha tenido la gentileza de ponerse en contacto con nosotros.

(La entrada sobre Rafaela Tomás, mañana).

sábado, 13 de febrero de 2010

Juan Ibáñez Abad y una desconocida


Autorretrato familiar. 21 x 15 cm. De pie, Juan Ibáñez Abad. Sentada, Margarita Navarro García Asunción Martínez Plaza. Detrás de la balaustrada, nuestra desconocida su hija Asunción Ibáñez Martínez. Membrete: Juan Ibáñez. Niño 52, Yecla. Reverso: Gabinete de Fotografía y Pintura Juan Ibáñez. Yecla. Especialidad en retratos de niños. Ampliaciones, reproducciones y retratos al óleo. Se garantiza el trabajo. La copia se halla en muy mal estado: desvaída, manchada y con un enorme roto. No obstante, hay detalles que se conservan bien: el dibujo del suelo es el mismo que el de muchas otras fotos realizadas en el estudio de Niño 52; la penetrante mirada de Juan; las tres manos apoyadas con naturalidad sobre pretil y columna; los abanicos; la majestuosa barba cana. Si admitiéramos que Juan y Asunción tienen cincuenta y pico, la escena se podría fechar cerca de 1900. Si admitiéramos que la niña que está detrás se parece a Margarita en la forma de la cara, tal vez podríamos pensar en alguna de sus hijas, ¿Asunción Ibáñez Navarro? (Archivo familiar Miguel Tomás).

Juan Ibáñez Abad nació en Jumilla (Murcia) en 1847. Era diez años mayor que su hermano Alejandro, aquel fotógrafo que volaba en globo. Aprendió desde muy jovencito los secretos de la cámara trabajando con su padre. Había llegado a Hellín con ese aspecto de adolescente romántico y con esa mirada seria y profunda que mantendrá durante casi un siglo. En las fiestas de Yecla retrató a una exuberante moza. El 2 de febrero de 1871 se casaba con ella, su nombre: Margarita Navarro García. Ambos tenían 24 años. El 4 de diciembre de este mismo año nace en Hellín su primer hijo, Juan Ibáñez Navarro, que en el futuro establecerá su estudio en Gandía. En 1874, su primera hija, Caridad, también en Hellín. El padre de los Ibáñez Abad muere en 1875 –ya diremos cómo cuando le toque su turno–, sus hijos tienen que decidir dónde operar, así que tras quince años de juventud hellinera Juan marcha a Yecla. Allí nacerá el resto de su descendencia: Pascual, Luis, Saleta, Vicente, Asunción..., por supuesto, todos fotógrafos. Como su hermano Alejandro, Juan Ibáñez Abad trabajó toda su vida, combinando la fotografía con otras actividades creativas y artesanales: afinador de pianos, repostero, pintor, dibujante, ebanista, fabricante de su propio material fotográfico... Retrató a miles de personas de la zona y a toda su descendencia, hasta que el 7 de abril de 1932, con 86 años de edad, su cuerpo dijo basta. Su mirada no.

Uno de sus nietos fotógrafos, Juan Ibáñez Villasclaras, dejó escrito sobre él: Trabajó y desarrolló notablemente la fotografía de su tiempo. Él mismo se fabricaba las antiguas placas al colodión, y vivió la gran transformación y progreso de las nuevas emulsiones fotográficas, cuando había comenzado con los papeles de ennegrecimiento directo. Hombre enormemente emprendedor, era un hábil ebanista, músico y fabricante de pastas hojaldradas que por su calidad fueron objeto de atención de la Casa Real de la que fue nombrado proveedor oficial. Su hija Saleta también estuvo casada con el fotógrafo Antonio Belda, establecido en Alicante y Madrid.

Y el historiador Publio López: seguramente el mejor de los que trabajaron entonces en las provincias castellano-manchegas, (La huella de la mirada, p. 49), e incluye tres limpios autorretratos de diferentes etapas de su vida. Recordemos que este lujoso volumen analiza la fotografía antigua de Castilla La Mancha. Pues bien, en un trabajo de similar calidad pero más general, Historia de la Fotografía en España (p. 57), el autor vuelve a elegir el mismo autorretrato de Juan Ibáñez Abad con su cámara nariguda. A mí también me gusta.

Carte-de-visite. Publio López la fecha hacia 1865, entonces Juan rondaría los 20 años de edad. Posiblemente esté hecha en Hellín, ya que la columna donde se apoya la cámara corresponde a la decoración que utilizaba su padre, como veremos en entradas posteriores. Dicha cámara puede ser de fabricación propia, excepto la lente. Yo apuesto por Hellín, 1870. Un autorretrato que Juan se haría para declarar su amor a Margarita. (Archivo Vicente Ibáñez).

La crítica especializada tiende a vituperar la obra de estos fotógrafos cuando se dirige a sus auditorios provinciales o regionales, pero el discurso cambia cuando se habla de la Gran Fotografía, del Arte, de Mira Que Estudio Tan Bonito Tengo, de Historia General De, y resulta entonces que todos aquellos simpáticos pioneros se convierten en ganapanes, arribistas y aprovechados ignorantes de la verdadera sensibilidad del enfoque y la pose. ¿En qué quedamos?

Hoy existen catálogos exquisitos de daguerrotipos enmarcados en metales nobles, las piezas originales encerradas en urnas blindadas de alta seguridad se estudian con rayos láser y microscopios electrónicos. Las fotos de los Ibáñez están pegadas en cartones, escondidas en un altillo polvoriento, guardadas en cajas de puros o de hojalata, pero de vez en cuando alguien las saca, mira, ésta es tu bisabuela, y el dedo de un niño acaricia su rostro en el tiempo y susurra qué guapa. Y Juan y Alejandro sobrevuelan la mancha y el levante y el altiplano, y sonríen desde su globo. Alejandro mira a su hermano y piensa que es uno de los principales personajes de una historia que le gustaría contar.

¿Asunción?

Sí, Asunción Ibáñez Martínez.


(Agradezco a Vicente Ibáñez y a Ana Santos Payán su generosidad).


En la próxima entrada:

RAFAELA TOMÁS IBÁÑEZ


sábado, 6 de febrero de 2010

José María Silvestre Paredes

En el corazón y en la inteligencia




María Tomás Ibáñez y José María Silvestre Paredes.
Autor: Alejandro Ibáñez Abad. Tarjetas postales apaisadas con retratos circulares sangrados, a la derecha el de María; y a la izquierda, no podía ser de otro modo, el de Pepe. 8,3 x 13,9 cm. Plano medio. Ella posa sentada con elegante traje claro, y peinado victoriano, él con traje oscuro, chaleco, corbata, cuello almidonado y mostacho burgués. María toma con ambas manos un abanico o un espejo para exhibir disimuladamente su anillo, ¿de compromiso? Si fuese así, las imágenes se podrían fechar cerca de abril de 1912, él tendría veintinueve y ella diecisiete. Ambos transmiten una felicidad elegante. El forillo con balaustrada y el jarrón de ella se repite en otras fotografías del mismo autor. Para él, fondo perdido. María mira a cámara guapa y feliz. Pepe mira más a su izquierda, fuera de campo. (Archivo familiar Miguel Tomás).

JOSÉ MARÍA SILVESTRE PAREDES
En el corazón y en la inteligencia
A José María Silvestre Paredes lo mataron en Hellín el diez de junio de 1939 a las 5:30 h. Lo acompañaron a la fosa tres hombres más: el veterinario Joaquín López, el empleado municipal Justo Picazo y Pedro Cardós, un comerciante de Tobarra.
Pepe Silvestre había nacido en Daimiel (Ciudad Real) el dos de noviembre de 1883. Su padre, José, profesor de segunda enseñanza, fue destinado al Colegio de San José de la localidad manchega. Casi toda la familia procedía del mismo Hellín al que pocos años más tarde quiso regresar: sus abuelos paternos, Maximiliano, el tejedor que odiaba a los emperadores, y Teresa Soria; el hacendado abuelo materno, José María Paredes –aunque no así la abuela Rosario Rubio, que provenía de la lejana Santoña–; y desde luego también eran hellineros sus padres, José y Encarnación. La docencia en Daimiel trajo al mundo a la prole Silvestre Paredes: Teresa, Rosario, Francisco y, José María, al que todos llamaban Pepe.
Estudió en el colegio que dirigía su propio padre y a los catorce completó el bachillerato en el Instituto de Ciudad Real, obteniendo el título en 1899. Ese mismo año inicia la carrera de Derecho en la Universidad de Valencia, donde consigue matrículas de honor y sobresalientes. Destaca en Historia General del Derecho, Hacienda Pública, Procedimientos Judiciales y Práctica Forense. En 1906 llega la licenciatura e inmediatamente abre su despacho en Hellín, en ese mágico y premonitorio callejón del Cautivo.
JOSÉ Mª. SILVESTRE PAREDES
ABOGADO
B.L.M.
a Don...
y tiene el gusto de ofrecerle su bufete en la calle del Cautivo, núm. 8.
Hellín, 9 de noviembre de 1906.
Cuando el Titanic preparaba el inicio de su travesía, las campanas y el arroz de la Iglesia de la Asunción aturden a una pareja que empieza también una carrera sin meta. Es uno de abril de 1912, la novia sonríe feliz, se llama María Tomás Ibáñez. La abrazan sus hermanos Mariano y Alejandro, que se convertirán en reputados escritores, y sus hermanas Lola y Rafaela. La pícara y bromista Rafaela, tendrá un capítulo entero de la historia para ella: muchos hellineros le deben la vida.
JOSÉ MARÍA SILVESTRE PAREDES
y
MARÍA TOMÁS IBÁÑEZ
participan a V. su efectuado enlace, y le ofrecen su casa en Hellín, calle del Cautivo, 8. Abril, 1912.
Gracias a su trabajo, José María Silvestre percibió la injusticia que aplastaba a jornaleros, mineros y obreros: comenzó a interesarse por la política. Sin abandonar su convicción religiosa expresada a veces en versos a la Virgen que mejoraban los típicos ripios provincianos, se iba contagiando poco a poco de republicanismo, de unos ideales que le marcarán tan hondo, que los defenderá incluso frente al tribunal del Consejo de Guerra.
Ya en los años veinte, bajo la dictadura de Miguel Primo de Rivera, fue Teniente de Alcalde, enseguida Presidente del Partido Republicano de su ciudad, y primer Alcalde del Ayuntamiento de Hellín con la República del 31 –cargo que deja el veintiséis de marzo de 1932 por razones de salud–. Se afilió a la azañista Acción Republicana, a Izquierda Republicana, y desde enero de 1937 al PSOE. El 27 de agosto de 1936 fue designado Secretario del Ayuntamiento por el Frente Popular, cargo que ostentó hasta la entrada de las fuerzas franquistas.
Llama la atención la sistemática escasez de datos sobre José María Silvestre, sobre todo si tenemos en cuenta su peso político en la región y su labor como director del gobierno municipal. Hasta la fecha son casi inexistentes las referencias en letra impresa, sea en papel o en pantalla, ni siquiera el todopoderoso google consigue encontrar detalles que no sean demasiado insulsos. Sólo algunos especialistas como Rosa Sepúlveda y Manuel Ortiz lo incluyen en listados de republicanos represaliados, o dan alguna noticia más jugosa, como Manuel Requena (Partidos, elecciones y élite política en la provincia de Albacete 1931-1933, pp. 365-366), que nos informa de que en las elecciones a Cortes del verano de 1931 quedó sin adjudicar un escaño por la provincia de Albacete y para su designación se realizó una segunda vuelta en la que presentarían sus candidaturas las dos fuerzas más votadas, Acción Republicana y el PSOE. Por los resultados de la primera vuelta, se veía que la formación republicana tenía todas las de ganar esa butaca del Parlamento..., la corporación municipal de Hellín propuso a José María Silvestre, pero Azaña se empeñó en imponer a un candidato cunero. Tras algunas tensiones, Pepe Silvestre hizo gala de su espíritu moderado y acató las órdenes del jefe, lo que ahora llaman disciplina de partido. El congresista fue al final el amiguete de Azaña, claro. Me pregunto por qué en las listas de alcaldes de Hellín suele ignorarse el nombre de quien fue apoyado por su propio pueblo para ser diputado. ¡El primer alcalde con la República! Un símbolo, sí, pero un símbolo silencioso, postergado. ¿Qué ocurrió para que la memoria de este culto abogado de pueblo quedara sepultada bajo los escombros del miedo? Ni siquiera a principios de siglo XXI su nombre aparecerá estampado en los registros de funcionarios municipales ni en esos libros tan simpáticos sobre personalidades locales..., pero ¿qué coño hiciste Pepe?
Antes de que el ejército de Franco llegara a Hellín, la Agrupación Socialista huyó al puerto de Alicante con la esperanza de embarcar hacia la salvación del exilio. Sólo algunos lo consiguieron. Un romántico Tramp Steamer, el carbonero inglés Stanbrook, zarpaba a las once de la noche del veintiocho de marzo de 1939 con destino a Orán. Las bodegas y la cubierta atestadas: soldados, políticos, sindicalistas, artistas, maestros, mujeres, niños, y entre todos ellos, un desengañado y enfermo José María Silvestre, acompañado de su sobrino de diecisiete años, Pepe Silvestre Puig. A pesar de que la historia terrorífica del Stanbrook es muy conocida, tal vez también merezca capítulo propio en esta singladura, como Rafaela, la pícara chavala a la que tantos hellineros deben la vida. El giro inesperado de nuestro relato ocurre aquí, en el muelle del puerto de Orán, pues técnicamente José María y su sobrino no llegaron a pisar suelo francés porque solicitaron la repatriación voluntaria. Nada, nada, pensarían el señor Prefecto francés y el cónsul español, a mandar, así que desembarcaron del Stanbrook, mientras los legionarios senegaleses los intimidaban con sus armas y sus pendientes de oro, para embarcar de nuevo en un pequeño pesquero que los llevó de vuelta a Villajoyosa. (Por cierto, el listado de pasajeros del Stanbrook se puede consultar en la red. A los curiosos les sugiero que comparen los números 1010 y 1333. Evidentemente se trata en ambos casos de nuestro abogado de 55 años. Quizás en otra ocasión cuente por qué su nombre aparece repetido). El treinta de abril ya estaban en Hellín, entregándose en Jefatura. Los dos fueron encarcelados y juzgados. Pena de muerte para el tío, prisión para el sobrino. María Tomás recibió cartas desde la cárcel del partido durante un mes, las contestó todas, rogó clemencia al Caudillo y se desvivió intentado salvar a su marido.
En el juicio lo acusaron de ser universitario, masón y de izquierdas –peligrosísimo–, es decir, le echaron en cara tener pensamiento propio. Lo acusaron de todo y de nada, pues no esgrimieron prueba alguna contra él. La encerrona fue de tal calibre que hasta un militar del tribunal, el capitán Pinillos Hermosilla, emitió un voto particular para expresar su desacuerdo con la sentencia por inadecuada. El juez hizo caso omiso y el diez de junio fue fusilado. Otra acusación repetida fue la de incitar a desmanes contra la iglesia, o sea, quemar santos, matar curas, y toda esa barbarie que en ocasiones ocurrió, pero que hubiese resultado imposible que todo el mundo llevara a cabo.
Para concluir, transcribo el principio de un bando del Ayuntamiento de Hellín, de fecha veintidós de marzo de 1932:
Don José María Silvestre Paredes, Abogado, Alcalde Presidente del Excmo. Ayuntamiento de esta Ciudad.
HAGO SABER: Que, comenzando por acatar la Constitución y habiendo pedido el consiguiente permiso a la Autoridad, los Católicos de esta Ciudad proyectan celebrar las tradicionales Procesiones de Semana Santa.
Este proyecto constituirá, al realizarse, el ejercicio de un derecho que, como tal, merece el respeto de todos los ciudadanos. Lo merece más en una democracia cuyo fundamento esencial está en el imperio de la Ley. Una democracia, sin la justicia en acción que significa el acatamiento por todos de los mandatos de la Ley, ni es democracia, ni como democracia puede subsistir. Estas verdades están en el corazón y en la inteligencia de todos los demócratas y, por consiguiente, de todos los republicanos y aun de todos los hombres que saben sentir la ciudadanía en toda su pureza.
Por estas razones, y por estas circunstancias, el Alcalde que suscribe cuenta anticipadamente con el concurso de todos los hellineros para que las fiestas religiosas organizadas por los hellineros católicos, con motivo de la Semana Santa de este año, se celebren sin ninguna dificultad, con la devoción de los creyentes y con el respeto de los no creyentes, que así debe celebrarse, y así se celebran, esta clase de fiestas en todos los pueblos que llevan escrito en su Código fundamental, porque han sabido conquistarla, la verdadera libertad religiosa. […]
Quiero agradecer el corazón y la inteligencia de Chus Tomás, Alejandro Tomás, Beatriz Esteban, Joaquín Gil, Anna Belén García Martín y Ana Santos Payán, sin ellos no existiría memoria de Pepe Silvestre Paredes, que es uno de los principales personajes de una historia que me gustaría contar.

En la próxima entrada:
JUAN IBÁÑEZ ABAD Y UNA DESCONOCIDA

lunes, 1 de febrero de 2010

Alejandro Ibáñez Abad


Alejandro Ibáñez Abad. Tarjeta postal: 8,7 x 13,8 cm. Autorretrato lúdico.
(Archivo familiar Miguel Tomás)

El formato circular del retrato se convierte en un globo aerostático que sobrevuela un pueblo desvaído. El piloto gasta la misma barba que el retratado y conversa con ese gato que maúlla desde el tejado. Mientras se eleva a los cielos, Alejandro Ibáñez mira a cámara aguantando la risa y acechando con inquietante gesto. Aunque ya se cuentan más canas que en imágenes anteriores, esta foto parece tan divertida e irónica que ha sido la elegida para inaugurar este otro viaje. La postal no indica fecha alguna, pero si suponemos que el autor aparenta unos 40 años, habría que situarla en Hellín, cerca de 1895.

Alejandro Ibáñez Abad nació en Jumilla en 1855-56 y murió en Hellín en 1928 a los 73 años de edad. A esta localidad llegó siendo un niño y vivió en ella toda su vida profesional, salvo un pequeño paréntesis de la década de los ochenta en el que huyó a Alcantarilla (Murcia) por razones que se relatarán en otro momento. Junto a sus hermanos Juan, Josefa, Catalina, y Anastasio, aprendió el oficio de su padre, Juan Antonio Ibáñez Martínez, pionero de la fotografía en la región e iniciador de la saga más inaudita y numerosa de fotógrafos profesionales del mundo. (¡Y no sólo por el río Mundo!, típico chiste de la zona...).

Durante más de cincuenta años retrató a gente de Hellín y de los pueblos del entorno. Muchas familias de estas localidades conservarán aquellos posados en cuyo membrete podía leerse A. Ybáñez. Retrataba también al óleo y al carboncillo, y como era habitual en aquella época, a veces iluminaba o coloreaba sus fotografías. Fue un artista polifacético, un hombre de enigmática alegría: el misterio que rodeó su figura ha llegado hasta nuestros días. El historiador Publio López asegura que fue fabricante de los célebres Libritos Ibáñez –dulces navideños, especialidad de la casa–, afinador de pianos, pésimo concertista de guitarra, muñidor de memorables sesiones de magia, prestidigitación y espiritismo, destacó como excelente retratista al carbón, solvente fotógrafo y mediano pintor (La huella de la mirada, p. 49).

Unos meses antes de morir ya se presentaba como fantasma, tal y como puede certificar el número 24 (17/12/1927) de ¡Adelante!, periódico que dirigía su nieto Alejandro Tomás Ibáñez:

UN FANTASMA EN HELLÍN

Noches atrás, ha hecho su aparición en la calle de D. Francisco Silvela, un tétrico fantasma, sembrando el terror y la desolación entre los pacíficos vecinos de aquel barrio.

Ante el peligro que les amenazaba, el maestro zapatero don Salvador Giménez y el Sr. Veneno con sus oficiales y contertulios, decidieron hacerle frente, y anoche lograron descubrirlo.

Se trataba de un infeliz que usa capa y bigote como a lo garçòn, que habiendo probado las ricas e inmejorables OBLEAS IBÁÑEZ y no disponiendo de dinero para adquirirlas, quería dar pánico a los vecinos y después asaltar la casa de sus fabricantes, y llevarse unas cuantas cajas, para con ellas pasar unas Pascuas de rechupete.

Cuando voy a Hellín, me encanta pasear por Francisco Silvela, la antigua calle Osarios, en cuyo número 9 residía y trabajaba Alejandro: “Gabinete de Fotografía y Pintura”, y me quedo mirando a esas casas que conservan una pequeña azotea bien iluminada y me digo por qué no... El caprichoso destino ha querido reunir a Alejandro, el abuelo loco, con Alejandro, el nieto escritor: hoy sus calles se tocan, Francisco Silvela y Alejandro Tomás Ibáñez son perpendiculares; acaso sea éste el último truco del mago espiritista.

La última vez que fui por allí a hacer de detective salvaje pude hablar con una de las biznietas de Alejandro Ibáñez Abad, me contó que ella nació el mismo día en que él murió, me contó también qué cosa hizo su bisabuelo justo antes de morir, y os puedo asegurar que no fue viajar en globo.

(Alejandro Ibáñez Abad es uno de los principales personajes de una historia que me gustaría contar).


En la próxima entrada:

JOSÉ MARÍA SILVESTRE PAREDES